Con dieciséis años me habló de las autopsias sexuales.
Me contó que estaría bien que cada cinco años nos practicaran una de estas autopsias.
Que nos quedáramos muy quietos y alguien nos dijera qué parte de nuestro cuerpo no había sido acariciada; cuentos besos habíamos recibido; si había sido más querido una mejilla o una ceja que una oreja o los labios.
Una autopsia en toda regla de nuestro sexo, pero con nosotros vivos, aunque inmóviles.
Ella se lo imaginaba y le gustaba pensar que alguien, tan sólo mirando nuestros dedos, supiese si habían tocado con pasión o simplemente por rutina. Si nuestros ojos habían sido mirados con deseo o nuestra lengua había conocido muchos congéneres.
Además, podríamos saber cuáles fueron nuestros mejores actos sexuales, al igual que en un tronco cortado vemos cuándo soportó grandes lluvias o sequías. Quizá a los diecisiete, a los treinta o a los cuarenta y siete. Quizá siempre en primavera o casi siempre cerca del mar. ¿Cuántos mordiscos, cuántos susurros, cuántos chupetones hemos sentido? Un cómputo de números sobre nuestro sexo, nuestra lujuria, nuestro placer solitario.
Y según ella, lo mejor era que cuando acabase esa autopsia sabríamos que estábamos vivos, que podríamos mejorar y lograr que nos acariciasen, que deseáramos, que amáramos y nos amasen.
(Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo. Albert Espinosa)
Este trocito me encantó. Una vez leí que entre dos piernas siempre hay la misma fiesta. Mentira. Hay fiestas y fiestas ¿no? Hay veces que deseas que la fiesta no termine nunca y otras que te preguntas por qué no te quedaste en casa. Esta semana vi Manhattan y se me quedó grabada esta frase Tuve un impulso loco de tumbarte sobre la superficie lunar y cometer una perversión interestelar contigo. Vamos a cometer perversiones interestelares, anda. Qué bien suena la palabra perversión aquí. Excitante. Gracias al libro que me estoy leyendo ahora he descubierto un poema de Neruda que me ha vuelto loca. Dice su sexo de pestañas nocturnas parpadea, esto ya si que no es superable por nada. Él se lo susurra a ella despacito, todo el poema, mientras están en la cama. En ese momento y ese poema, nada puede ser más erótico.
Y me he dado cuenta de que las distancias son relativas, ¿qué mas dan los kilómetros, las carreteras o los hombres y mujeres que hay entre tú y yo? Si sé que por las noches siempre vienes a dormir conmigo, que yo lo sé, te noto.








